La mayor parte
del tiempo la pasamos encontrando “culpables”: culpables de mi soledad,
culpables de mi fracaso, culpables de mi desesperanza, culpables de mi culpa!.
En fin!, pocas veces nos detenemos sinceramente a hacer un balance de nosotros
mismos, incluyendo el juicio que hacemos de que todo anda mal conmigo mismo o conmigo misma.
Uno de los
problemas que más escucho, especialmente entre los jóvenes, es la
“incomunicación”, con los padres, con los hermanos, con la familia, con los
amigos, con la pareja. Parece que mientras más recursos para ella hay, más
incomunicados estamos, menos comprendidos nos sentimos, más soledad percibimos.
Las estrategias de mercado son poderosas en su afán de crear necesidades que
nos impulsen al consumo y éste pone límites muy precisos al espacio colectivo e
impulsa la individualidad de cada consumidor.
Ante esta
situación gastamos mucho tiempo describiendo los mecanismos de este engranaje
perverso, asignando responsabilidades a los actores y productos que
protagonizan este mercado, impulsando acciones de protesta y “echando” culpas a
diestra y siniestra. Los descubrimientos científicos y su aplicación a nuestra
vida cotidiana es lo que define la tecnología y ha implicado históricamente, un
avance en nuestra calidad de vida que se refleja en comunicaciones, en salud,
en educación y en muchos otros aspectos de la vida social.
Sin embargo ha
traído como consecuencia un efecto perverso sobre nosotros: nos ha separado
como personas, a pesar de las posibilidades de unión; nos ha vuelto esclavos de
las sensaciones, a pesar de poner a disposición el conocimiento humano en
tiempo real; nos ha hecho esclavos del tiempo, a pesar de que ofrecen la
posibilidad de disfrutar de más tiempo libre; nos ha vuelto unas personas
“estresadas” a pesar de haber sido concebidas para simplificar nuestras vidas.
Pero ante esto
nosotros, en lugar de ver nuestras acciones y decisiones como seres humanos, le
“echamos la culpa” a esas tecnologías. El celular en particular se ha
transformado en un centro de actividades múltiples: no solo te permite “hablar”
con las demás personas, puedes escribirles, revisar correos, jugar, hacer gestiones
bancarias, pagar, apagar la luz de tu casa o ver lo que sucede en la oficina,
escuchar música o ver videos, recibir noticias, tomar, guardar enviar y recibir
fotografías y videos, diseñar, pintar, dibujar; saber dónde te encuentras y
hacia dónde ir y un sinfín de funciones más que ahora hemos convertido en
“necesarias” y consumen una importante, valiosa e irrecuperable parte de
“nuestro” tiempo.
Si (entre
comillas), “nuestro” tiempo. Lo destaco para hacer énfasis en esa
particularidad; si el tiempo es “nuestro” también es “nuestra” la decisión de
CÓMO usarlo. Es una decisión profundamente personal involucrarnos o no en la
vorágine de tiempo que puede consumir un aparato tecnológico, particularmente:
el celular. Recuperemos el tiempo en pareja, la hora de compartir la comida, la
agradable conversación sin interrupciones, el enriquecedor silencio de la
soledad, la observación de lo hermoso de este planeta, la degustación
placentera de una comida preparada por manos amorosas, el disfrute de un aroma
que te transporta, la hermosa sensación de una tierna caricia.
Cuando
comencemos de nuevo a valorar estas sencillas cosas que pasan a nuestro lado
cotidianamente, dándonos la posibilidad de crecer personalmente, el celular
será un medio de comunicación preciado y un medio informativo útil en el
momento justo. Dejará de ser el centro de nuestro tiempo y nuestra vida y será
un aliado de nuestras relaciones y nuestras actividades con los demás.
La culpa no es
del teléfono. Es nuestra responsabilidad con nosotros mismos, decidir lo que
hacemos con él.
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