24 de septiembre de 2012

EL PROBLEMA NO ES EL TELÉFONO (A propósito de un correo que recibí, subtitulado: el mal de la nuca, procedimiento mudo)

Publicado en Musa Magazzine, Diciembre de 2012


La mayor parte del tiempo la pasamos encontrando “culpables”: culpables de mi soledad, culpables de mi fracaso, culpables de mi desesperanza, culpables de mi culpa!. En fin!, pocas veces nos detenemos sinceramente a hacer un balance de nosotros mismos, incluyendo el juicio que hacemos de que todo anda mal conmigo mismo o conmigo misma.
Uno de los problemas que más escucho, especialmente entre los jóvenes, es la “incomunicación”, con los padres, con los hermanos, con la familia, con los amigos, con la pareja. Parece que mientras más recursos para ella hay, más incomunicados estamos, menos comprendidos nos sentimos, más soledad percibimos. Las estrategias de mercado son poderosas en su afán de crear necesidades que nos impulsen al consumo y éste pone límites muy precisos al espacio colectivo e impulsa la individualidad de cada consumidor.

Ante esta situación gastamos mucho tiempo describiendo los mecanismos de este engranaje perverso, asignando responsabilidades a los actores y productos que protagonizan este mercado, impulsando acciones de protesta y “echando” culpas a diestra y siniestra. Los descubrimientos científicos y su aplicación a nuestra vida cotidiana es lo que define la tecnología y ha implicado históricamente, un avance en nuestra calidad de vida que se refleja en comunicaciones, en salud, en educación y en muchos otros aspectos de la vida social.
Sin embargo ha traído como consecuencia un efecto perverso sobre nosotros: nos ha separado como personas, a pesar de las posibilidades de unión; nos ha vuelto esclavos de las sensaciones, a pesar de poner a disposición el conocimiento humano en tiempo real; nos ha hecho esclavos del tiempo, a pesar de que ofrecen la posibilidad de disfrutar de más tiempo libre; nos ha vuelto unas personas “estresadas” a pesar de haber sido concebidas para simplificar nuestras vidas.
Pero ante esto nosotros, en lugar de ver nuestras acciones y decisiones como seres humanos, le “echamos la culpa” a esas tecnologías. El celular en particular se ha transformado en un centro de actividades múltiples: no solo te permite “hablar” con las demás personas, puedes escribirles, revisar correos, jugar, hacer gestiones bancarias, pagar, apagar la luz de tu casa o ver lo que sucede en la oficina, escuchar música o ver videos, recibir noticias, tomar, guardar enviar y recibir fotografías y videos, diseñar, pintar, dibujar; saber dónde te encuentras y hacia dónde ir y un sinfín de funciones más que ahora hemos convertido en “necesarias” y consumen una importante, valiosa e irrecuperable parte de “nuestro” tiempo.
Si (entre comillas), “nuestro” tiempo. Lo destaco para hacer énfasis en esa particularidad; si el tiempo es “nuestro” también es “nuestra” la decisión de CÓMO usarlo. Es una decisión profundamente personal involucrarnos o no en la vorágine de tiempo que puede consumir un aparato tecnológico, particularmente: el celular. Recuperemos el tiempo en pareja, la hora de compartir la comida, la agradable conversación sin interrupciones, el enriquecedor silencio de la soledad, la observación de lo hermoso de este planeta, la degustación placentera de una comida preparada por manos amorosas, el disfrute de un aroma que te transporta, la hermosa sensación de una tierna caricia.
Cuando comencemos de nuevo a valorar estas sencillas cosas que pasan a nuestro lado cotidianamente, dándonos la posibilidad de crecer personalmente, el celular será un medio de comunicación preciado y un medio informativo útil en el momento justo. Dejará de ser el centro de nuestro tiempo y nuestra vida y será un aliado de nuestras relaciones y nuestras actividades con los demás.
La culpa no es del teléfono. Es nuestra responsabilidad con nosotros mismos, decidir lo que hacemos con él.

No hay comentarios:

Publicar un comentario